lunes, 10 de noviembre de 2014

Opino, pero sólo si no cuenta

Hoy era un día que tenía señalado en mi agenda desde hace meses. Era el día en el que me tenía que presentar ante la Audiencia Provincial como posible jurado en un juicio.

Digo "tenía", porque hace unas semanas me enviaron un burofax en el que me informaban que no tenía que comparecer, puesto que la causa había sido suspendida.

Hace casi veinte años que se promulgó la ley del Jurado. Desde entonces, el comentario casi invariable que he escuchado sobre el tema se parece mucho a un "yo no quiero ser jurado", un "no tengo conocimientos suficientes para tomar una decisión adecuada" o "no quiero cargar con una responsabilidad así". Claro que eso lo dice gente que se atreve a opinar sobre cualquier tema.

Yo no tenía ningún problema por tener que acudir de jurado. Y tampoco me he sentido aliviado por no tener que hacerlo. Considero que si me creo capacitado para dar mi opinión en casi cualquier tema de actualidad, si me esfuerzo en contrastar fuentes y para formarme un criterio propio, debo ser capaz de responsabilizarme de dichas opiniones.

Esa es basicamente la única diferencia entre opinar en el bar y tomar una decisión como jurado. Durante el juicio te dan toda la información disponible para que tu opinión sobre los hechos juzgados sean lo más consecuente posible. A cambio sólo te piden que seas responsable de lo que dices.

Pero claro, todos queremos opinar, pero si no nos hacen rendir cuentas sobre lo dicho. Entonces no, yo no sé nada y que opinen otros. Y después ya criticaré su opinión en el bar, como debe ser.
Y así con todo: Nos quejamos que el Gobierno toma decisiones que afectan a nuestras vidas sin consultarnos, nos quejamos del derecho de pernada que concedemos cada cuatro años, pero no queremos referéndums, que votar continuamente es muy cansado y que realmente elegimos a los gobernantes para que decidan por nosotros, sin pensar que hay cuestiones de gran importancia en las que no podemos delegar nuestra decisión en nadie.
Para votar de un modo consecuente, hay que tener ideas propias, informarse bien y actuar con responsabilidad. Y para que un gobierno se plantee preguntar al pueblo sobre los asuntos importantes, necesita formar democráticamente, informar con transparencia, y tratar a la gente como seres inteligentes.
Y eso no es compatible con tener un pueblo formado por borregos.

miércoles, 15 de enero de 2014

Aprendiendo a rimar

Hay un refrán que dice "Nunca te acostarás sin saber una cosa más". Y yo, que la sapiencia popular me la tomo muy en serio, me veo obligado a dormir muchos días de pie.  Y puedo aseguraros que no se descansa igual que tumbadico en la cama. Así que hoy he decidido ponerme manos a la obra, e intentar aprender alguna cosa nueva.

Pero... ¿qué puedo hacer? Hay tantas cosas por aprender, tantos mundos por descubrir, tantas maneras de ejercitar la neurona que no sé ni por dónde empezar. Podría aprender sobre energía nucelar (que no nuclear, no vayamos a contradecir al gran Homer), podría investigar sobre el ciclo reproductivo de la gaviota pepera o podría aprender mecánica de todoterrenos. Pero todo eso es tan mundano...

Ya sé. Me dedicaré a las artes. ¿Cual de ellas? ¿Pintura? No, que las manchas del suelo salen muy mal. ¿Teatro? Ni siquiera sé lo que significa eso del chubi orno chubi. ¿Literatura? Puede... pero vayamos un poco más lejos. Me dedicaré a la poesía. Que seguiré sin ligar, pero al menos podré aprovechar mis fracasos amorosos para darle más sentimiento a esas obras que nadie comprará.

Por supuesto, no voy a empezar escribiendo grandes odas ni tragedias. Tendré que practicar con algo más mundano. Así que aprovechemos que acaba de empezar el año (¿hola? No sé si te has enterado, pero ya estamos a día quince), para hacer una rima de felicitación.

Vamos allá. A ver que tal sale


Feliz año dos mil catorce
por el culo te la hinco


Y ya está. Para ser la primera no está tan mal, ¿verdad?. Con un poco más de práctica, acabaré siendo un gran poeta. Pobre, pero con aires de intelectual. Y lo que es más importante, esta noche podré dormir tumbado.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Antoñico el invécil

A las buenas tardes. Me llamo Antonio Fuensanta, aunque tós me llaman Antoñico, Antoñico el Invécil. Me gusta que me digan así porque lo dicen con cariño, aunque madre se pone como una burra cuando lo oye, y les grita que no soy invécil, solo lentico de ideas.

Aqui en Torrijo de la Cañada tengo a mis amigos. Y son muy buenos conmigo. Me preguntan casi tós los dias como estoy, qué cosas divertias he hecho, y cómo me va con las zagalas. Don Julián, el párroco, me dice que se estan burlando de mi, pero eso no pué ser... yo creo que me quieren mucho (como amigos, no vayamos a joder la marrana).

El otro dia, por ejemplo, me se acercan el Alberto y el Prica, que lo llaman así porque una vez que fue a la capital, lo arrestaron por intentar llevarse un jamón en el Prica (creo que ahora lo llaman Carrefú o algo así), Pos eso, que me se acercan el Alberto y el Prica, y me dicen que van a hacer una fiesta, y quieren invitarme.

"¡Voy a una fiesta, voy a una fiesta!", Yo reía, corría, saltaba, cantaba y aplaudia, y ellos se reian también.

"Además, vamos a comprar unos globos mu caros, pa que la fiesta sea cojonuda, Mira, Antoñico, mira que guapos".

El Prica me enseña el globo. Debe ser mu caro, porque no viene en bolsa grande, sino que en el paquete hay uno solo. Me dice que lo abra, yo lo hago, y saco el globo... paice un poco mojado, y no se hincha mucho, pero si, es mu guapo.

"Ostia, que globo"

"Es mu caro", me dice el Alberto, "y se llama condón, y lo vende la señá Lucía.. Anda, Antoñico, haznos el favor de ir a comprar diez cajas, que sabes que no me dejan ir desde que me pillaron con la Pili".

Me da dinero, y voy a donde la señá Lucía, que es donde madre me manda a comprar aspirinas y tiritas. Entro, y le digo

"Buenas tardes señá Lucía"

"Buenas tardes Antoñico, tesoro ¿qué tal hoy?"

"Mu bien, gracias" Siempre tan buena conmigo.

"¿Qué se te ofrece hoy? ¿Tu padre se ha quedao sin jarabe pa la tos?"

"No, señá Lucía, hoy quiero diez cajas de condones"

"¿Diez cajas de queeeeee?" Jope, paice que s'ha asustao.

"Condones, señá Lucía, diez cajas de condones"

"¿Y pa qué quieres eso tu, Antoñico de mi vida?"

"¿Pa qué va a ser? Pos pa hacer una fiesta"

La señá Lucia que se desmaya, la Pili que se escojona de risa, don Andrés que me da un sopapo que casi me estozola. Salgo corriendo de la tienda, le digo al Alberto y al Prica lo que ha pasao, y que ellos se echan a reir tambien... y yo, que soy torpecico pa entender los chistes, me rio tambien pa que no se note que no me he enterao que pasa...

Y es que el Alberto y el Prica se estan riendo tol santo dia conmigo, y me dicen que soy mu divertido y cachondo. Y por eso me tratan tan bien.

viernes, 22 de abril de 2011

Historia de dos ovejas

Beeeea y Beeeelinda correteaban por la pradera, jugando alegremente tal y como deben hacerlo dos jóvenes ovejas como ellas. Allá, colina arriba, estaba el carnero Beeeernabé, que era el encargado de vigilarlas.

Cada vez que se alejaban, Beeeernabé las llamaba para que se quedaran más cerca. Ya tenía cierta edad y no podía correr mucho, pero aún tenía una voz imponente.

--Jo, que pesado es el señor Beeeernabé --protestaba Beeeea --. No nos deja divertirnos.

--Es su trabajo –contestó Beeeelinda--. Se preocupa por nosotras, no quiere que nos pase nada.

--¿Y qué nos puede pasar aquí? Estamos a un tiro de piedra de la granja, es un lugar apacible, no hay animales peligrosos ni acantilados donde podamos caer. Y si nos perdemos… gracias a la marca que llevamos saben quién es nuestro dueño.

--Ya, pero aún así, puede haber otros peligros. ¿Recuerdas lo que contaba la tía Beeeegoña?

--Las historias de la tía Begoña son cuentos de miedo inventados para asustarnos y tenernos controladas. No hay fantasmas ni desapariciones misteriosas --terminó, tajante, Beeeea.

Beeeelinda suspiró, pero no dijo nada más. Prefería seguir jugando a eternizar la discusión.

Y así estuvieron toda la tarde, correteando incansables y escuchando los gritos de Beeeernabé cada vez que se alejaban más de la cuenta.

Pero Beeeernabé ya no era un carnero joven, y ya no era capaz de mantenerse siempre alerta. El agradable sol de la tarde hizo el resto, y Beeeernabé se quedó dormido. Por eso las dos ovejas pudieron alejarse sin escuchar ninguna llamada a regresar.

Tanto se alejaron, que se perdieron. La noche las pilló dando vueltas por unos parajes desconocidos para ellas. Estaban cansadas, hambrientas y asustadas. Pero no querían dejarse vencer por el miedo, así que siguieron caminando.

Unas horas más tarde, encontraron a unos hombres. Las dos ovejas, después de ser alimentadas, fueron conducidas a un camión. Subieron, y el camión se puso en marcha.

Beeeea y Beeeelinda tenían mucho miedo. Aunque no habían perdido la esperanza, estaban casi seguras que no iban a la granja. Habían sido secuestradas.

Cuando el camión llegó a su destino, les pusieron un collar con un enorme número: Beeeea tenía el 184 y Beeeelinda el 185. Posteriormente, fueron conducidas a una verja, donde las dejaron junto a cientos y cientos de ovejas, de todos los tamaños, colores y edades.

--¿Qué van a hacernos? --preguntó Beeeea a una de sus nuevas compañeras --¿Nos van a matar?

La oveja cuestionada sonrió.

--No, ni mucho menos. Os van a contar.

--No entiendo.

--Esta es una granja de ovejas para contar. Cuando un niño no puede dormir, salimos nosotros una detrás de otra, para que nos cuente y así poder conciliar el sueño.

Iba a seguir preguntando, pero no pudo, porque de repente llegó un hombre gritando.

--¡Venga, que hay trabajo. Todas en fila!

Y todas las ovejas, en el orden que marcaba el número que tenían en el collar, salieron corriendo, dirigiéndose a una pequeña cerca de madera, para saltarla inmediatamente.

La verdad es que a nuestras ovejas no les pareció un trabajo muy duro, al menos la primera vez. Pero tener que hacerlo treinta y siete veces sólo la primera noche… fue demasiado agotador.

Ambas ovejas, al igual que el resto del rebaño acabaron agotadas la noche, y se pasaron casi todo el día siguiente durmiendo. Cuando despertaron, ya atardeciendo, decidieron intentar escaparse, aunque imaginaban que el riesgo era algo.

Durante los cuatro primeros saltos, no pudieron ni intentarlo, en los tres primeros la vigilancia todavía era muy alta, y en el cuarto porque no tuvieron que salir, ya que el niño se durmió muy pronto.

Cuando llegó el quinto salto, viendo que los vigilantes bajaban la guardia pensando que ya no iba a pasar nada, aprovecharon para, cuando estaban a punto de llegar a la cerca para saltar, girar bruscamente hacia la derecha y salir corriendo de allí. Cuando los guardias se dieron cuenta, y salieron en su busca, ya llevaban una buena ventaja.

Corrieron hacia el pueblo más cercano, deseando poder llegar antes de que las capturasen, pero los vigilantes eran más rápidos y acabarían por atraparlas. Cuando ya estaban a punto de pillarlas, apareció una patrulla de policía, lo que obligó a huir a los vigilantes.

Beeeea y Beeeelinda se acercaron a la patrulla, De ella bajó un policía que se quedó observándolas.

--¿Qué hacéis aquí, sueltas? Vuestro dueño va a tener que pagar una multa muy gorda.

Hicieron venir a una furgoneta, las subieron en ella, y las condujeron a la granja. El granjero pagó gustoso la multa.

Beeeea y Beeeelinda por fin pudieron descansar en su casa. Su historia las convirtieron en las ovejas más famosas de toda la granja.

Se volvieron un poco más responsables (sólo un poco). Crecieron, tuvieron su propia descendencia, a la que le contaron su historia. Pero, naturalmente, por mucho miedo que diese el relato, las criaturas, cuando jugaban, intentaban alejarse más de la cuenta, hasta que el grito del cuidador de turno las hacía regresar.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El señor Serafín

--Ya hemos llegado. El lugar donde crecí.

Ana sonrió. En los meses que llevábamos saliendo había tenido tiempo sobrado para entender y aceptar que hablar sobre mi vida me cuesta horrores. Por eso, cuando la invité a acompañarme al pueblo para pasar las navidades, lo aceptó como el gran avance que suponía para nuestra relación.

Acabábamos de dejar el coche en la entrada, y mientras avanzábamos por la calle principal iba contándole como era la vida en el lugar. Cómo teníamos que ir al pueblo de al lado para ir a la escuela, cómo teníamos que ayudar en casa antes de hacer los deberes,

--En verano salíamos a jugar casi todos los días --le contaba--. Cumplíamos con nuestras obligaciones por la mañana, y por la tarde nos juntábamos todos para jugar.

--¿En invierno no salíais a jugar?

--Entre semana, entre las clases y las tareas apenas nos quedaba tiempo. Yo aprovechaba las horas finales del día para leer. El fin de semana, si hacía buen tiempo si, salíamos igual. Si no, o tocaba quedarse en casa. Eso sí, los sábados por la tarde nos juntábamos casi todos los del pueblo en el salón del Ayuntamiento.

--¿Para qué?

--Era una especie de reunión de hermandad. El alcalde consideraba que era bueno para la convivencia que nos juntáramos un día a la semana para pasar una tarde en común. Cada familia llevaba algo de comer, y aportábamos una pequeña cantidad de dinero para poder comprar las bebidas. Los críos jugábamos a cosas que no molestasen mucho, y los mayores se dedicaban al guiñote, a discutir lo que fuera, o a hacer cualquier cosa. Si había que decidir algo, se hacía entonces. Si había problemas entre vecinos, era el mejor momento para solucionarlos. Como estábamos acostumbrados a solucionar las cosas de ese modo, lo aceptábamos sin problemas y pocas cuestiones quedaban pendientes para la semana. Realmente ayudaba mucho para nuestra convivencia.

Ana escuchaba mis explicaciones con mucha atención, mientras seguíamos recorriendo las calles del pueblo.

--Claro que no todos iban --continué--. Aparte de los que fallaban algún sábado concreto, había gente que eso lo consideraba una estupidez, y no quería perder el tiempo allí. Como, por ejemplo, el señor Serafín.

--¿Quién era?

--Era un hombre de esos que ahora llaman “hecho a sí mismo”. Con mucho trabajo y mucha dedicación, consiguió que la destartalada granja de sus padres llegara a ser un próspero negocio avícola. Era considerado el hombre más importante del pueblo, más incluso que el alcalde o el médico. Era considerado un ejemplo a seguir. Mi padre me decía que si trabajaba duro como él, podría llegar lejos en este mundo.

--¿Y?

--Yo no le contestaba, no quería discutir con él, pero realmente no me parecía una opción tener que supeditarlo todo a trabajar y llegar más lejos. Escuchando los comentarios en las reuniones de los sábados, notaba cómo era admirado, pero no querido. Fastidiaba que no se relacionase con los demás, por estar siempre ocupado. Algunos lo disculpaban, pero la mayoría tenía la sensación de no ser lo bastante buenos para él. Ese fue el germen de la discordia.

--¿Por qué?¿Qué pasó?

--La prioridad de muchos vecinos empezó a cambiar. La relación con los demás dejó de ser importante para ellos, había que dedicar más esfuerzos al éxito. Cada vez iban menos vecinos a las reuniones de los sábados, hasta que, tras las elecciones y el cambio de alcalde, fueron canceladas para siempre.

--Una pena --comentó Ana, melancólica.

--Si. Una pena. Las relaciones entre los vecinos empeoraron mucho, dejó de haber interés común y dejamos de ser un pueblo unido. Como ya no me gustaba el ambiente, en el momento que pude me largué de aquí, y sólo vengo una vez al año, para celebrar las navidades con la familia.

--Y aquí estás, otro año más.

Asentí con la cabeza.

--¿Qué pasó con el señor Serafín? --me preguntó.

--¿El señor Serafín? Cada año que pasaba se hacía más rico, más importante. Pero seguía sin tener tiempo para nada. El pueblo le dedicó una plaza, y ni siquiera asistió a la inauguración. Apenas se relacionaba con nadie fuera de su trabajo, pero parecía no importarle. Llegó a ser uno de los hombres más ricos de la provincia. Y ahora…

--Ahora, ¿qué?

--Ven, te lo enseñaré.

La agarré de la mano, y la llevé hasta el final del pueblo. Tras el muro, estaba el cementerio del pueblo, donde, en el mismo centro, había una lujosa tumba. Tan lujosa, que bien podría haber pertenecido a un rey. Nos detuvimos delante de ella.

--Ahí lo tienes --le dije--. El señor Serafín, el más rico del cementerio.

jueves, 23 de diciembre de 2010

El cuadro

Como cada mañana, llegaba, colocaba su pequeño taburete, y el caballete con lo que esperaba llegará a ser su obra maestra. Observa el entorno, cierra los ojos, y respira.

El cielo no sería necesario pintarlo, pero ha decidido pintar un atardecer, unas cuantas nubes de un azul muy oscuro quedarán muy bien... a la izquierda, la colina, con un bosquecillo de pinos en la ladera norte, y un riachuelo, pequeño pero alegre, fluyendo. Ese riachuelo es caprichoso y no coge el camino más corto hasta llegar al mar... se aleja hacia el horizonte.

Mezclando colores, buscando la perspectiva, las sombras... el paisaje es hermoso.

En lo alto de la colina... un faro. No, no es extraño, apenas cincuenta metros de distancia está el mar, y ese es el mejor sitio para colocarlo. Aunque ahora está apagado, en el cuadro el sol está besando el horizonte, y ya es necesaria la luz para guiar el camino de agua.

Gaviotas revoloteando... algunas figuras que se dirigen a la playa, tres o cuatro detalles más, y su obra estará terminada. Pero eso será mañana.

Recoge sus bártulos, carga con ellos, y antes de alejarse saluda al señor Juan, que lleva varios dias admirando su obra con curiosidad.

Y el señor Juan le da las buenas tardes, y observa cómo la extraña mujer se aleja, y pensando que está loca, que es absurdo venir al vertedero a pintar un faro.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El enviado (Secretos II: de Estado)

Supongo que muchos de los que me conocéis ya sospechabais algo, aunque resultaba más fácil tacharme de raro. Si no dije nada antes, fue porque había prometido guardar el secreto. Pero mi marcha está próxima, y ya nada importa.

No nací en este planeta.

Fue como en las películas de ciencia ficción. Llegué hace diez años en una nave espacial, con la intención de establecer relaciones con los representantes de este planeta. Creía que la tarea no sería demasiado complicada, en mis investigaciones había visto que aunque no habíais entablado ningún contacto todavía, llevabais tiempo especulando sobre la posibilidad.

Pero no fue así. Nada más aterrizar intenté establecer contacto con las primeras personas que encontré, pero huyeron despavoridos. Durante las horas siguientes hice nuevos esfuerzos que resultaron vanos, parecía que se habían vuelto todos locos.

Poco más tarde llegó el ejército y me capturaron. Me interrogaron como a un delincuente, querían saber quién era, de dónde había venido y qué había venido a hacer. Les dije que quería ver a sus representantes para establecer relaciones. Creí que sería suficiente para que iniciaran las gestiones necesarias, pero no fue así.

Durante meses estuve confinado en un barracón de una base militar. Me hicieron mil pruebas, me pusieron mil veces al borde la muerte. Querían saberlo todo sobre mi organismo, pero no querían que yo mismo se lo explicase.

Por fin, tras casi un año encerrado, me llevaron ante un alto cargo del Gobierno. Creo que aún dudaban de mis auténticas intenciones, porque seguían estando muy a la defensiva. Tardé mucho en conseguir que me prestaran algo de atención.

Una vez que vieron que podían sacar mucho beneficio con la relación, empezaron a tratarme con el respeto que yo siempre les había prodigado. Empezamos las negociaciones. Y pronto llegó el obstáculo insalvable.

La relación no podía ser sólo entre dirigentes, tenía que ser completa. Todos los habitantes de ambos planetas tenían que ser conscientes y beneficiarse del intercambio.

No alcanzo a saber el motivo, pero para ellos era imprescindible mantener la relación en secreto. Nadie debía saber que había gente de otros mundos tan cerca. Puede que fuera por temor a perder su control sobre la gente, o quizás pensasen que no estabais preparados para aceptar que no sois el centro del universo. El caso es que mi presencia debía ser un secreto de Estado.

Viendo que era imposible, acepté quedarme en el planeta para poder estudiarlo, con la condición de ocultar mi auténtico origen.

Y así he estado los últimos siete años. Queriendo deciros quién soy, pero teniendo que mentir para mantener mi promesa.

Estoy cansado de tanta mentira. He decidido volver a casa. Pero antes de hacerlo, he querido acabar con este gran secreto, porque hasta que no seáis capaces de aceptar vuestro lugar en este universo, no podréis progresar como especie.

Aunque sinceramente, no creo que sirva para nada. Os conformáis con vuestra limitada visión, y no queréis descubrir todo lo maravilloso que hay ahí fuera.