viernes, 22 de abril de 2011

Historia de dos ovejas

Beeeea y Beeeelinda correteaban por la pradera, jugando alegremente tal y como deben hacerlo dos jóvenes ovejas como ellas. Allá, colina arriba, estaba el carnero Beeeernabé, que era el encargado de vigilarlas.

Cada vez que se alejaban, Beeeernabé las llamaba para que se quedaran más cerca. Ya tenía cierta edad y no podía correr mucho, pero aún tenía una voz imponente.

--Jo, que pesado es el señor Beeeernabé --protestaba Beeeea --. No nos deja divertirnos.

--Es su trabajo –contestó Beeeelinda--. Se preocupa por nosotras, no quiere que nos pase nada.

--¿Y qué nos puede pasar aquí? Estamos a un tiro de piedra de la granja, es un lugar apacible, no hay animales peligrosos ni acantilados donde podamos caer. Y si nos perdemos… gracias a la marca que llevamos saben quién es nuestro dueño.

--Ya, pero aún así, puede haber otros peligros. ¿Recuerdas lo que contaba la tía Beeeegoña?

--Las historias de la tía Begoña son cuentos de miedo inventados para asustarnos y tenernos controladas. No hay fantasmas ni desapariciones misteriosas --terminó, tajante, Beeeea.

Beeeelinda suspiró, pero no dijo nada más. Prefería seguir jugando a eternizar la discusión.

Y así estuvieron toda la tarde, correteando incansables y escuchando los gritos de Beeeernabé cada vez que se alejaban más de la cuenta.

Pero Beeeernabé ya no era un carnero joven, y ya no era capaz de mantenerse siempre alerta. El agradable sol de la tarde hizo el resto, y Beeeernabé se quedó dormido. Por eso las dos ovejas pudieron alejarse sin escuchar ninguna llamada a regresar.

Tanto se alejaron, que se perdieron. La noche las pilló dando vueltas por unos parajes desconocidos para ellas. Estaban cansadas, hambrientas y asustadas. Pero no querían dejarse vencer por el miedo, así que siguieron caminando.

Unas horas más tarde, encontraron a unos hombres. Las dos ovejas, después de ser alimentadas, fueron conducidas a un camión. Subieron, y el camión se puso en marcha.

Beeeea y Beeeelinda tenían mucho miedo. Aunque no habían perdido la esperanza, estaban casi seguras que no iban a la granja. Habían sido secuestradas.

Cuando el camión llegó a su destino, les pusieron un collar con un enorme número: Beeeea tenía el 184 y Beeeelinda el 185. Posteriormente, fueron conducidas a una verja, donde las dejaron junto a cientos y cientos de ovejas, de todos los tamaños, colores y edades.

--¿Qué van a hacernos? --preguntó Beeeea a una de sus nuevas compañeras --¿Nos van a matar?

La oveja cuestionada sonrió.

--No, ni mucho menos. Os van a contar.

--No entiendo.

--Esta es una granja de ovejas para contar. Cuando un niño no puede dormir, salimos nosotros una detrás de otra, para que nos cuente y así poder conciliar el sueño.

Iba a seguir preguntando, pero no pudo, porque de repente llegó un hombre gritando.

--¡Venga, que hay trabajo. Todas en fila!

Y todas las ovejas, en el orden que marcaba el número que tenían en el collar, salieron corriendo, dirigiéndose a una pequeña cerca de madera, para saltarla inmediatamente.

La verdad es que a nuestras ovejas no les pareció un trabajo muy duro, al menos la primera vez. Pero tener que hacerlo treinta y siete veces sólo la primera noche… fue demasiado agotador.

Ambas ovejas, al igual que el resto del rebaño acabaron agotadas la noche, y se pasaron casi todo el día siguiente durmiendo. Cuando despertaron, ya atardeciendo, decidieron intentar escaparse, aunque imaginaban que el riesgo era algo.

Durante los cuatro primeros saltos, no pudieron ni intentarlo, en los tres primeros la vigilancia todavía era muy alta, y en el cuarto porque no tuvieron que salir, ya que el niño se durmió muy pronto.

Cuando llegó el quinto salto, viendo que los vigilantes bajaban la guardia pensando que ya no iba a pasar nada, aprovecharon para, cuando estaban a punto de llegar a la cerca para saltar, girar bruscamente hacia la derecha y salir corriendo de allí. Cuando los guardias se dieron cuenta, y salieron en su busca, ya llevaban una buena ventaja.

Corrieron hacia el pueblo más cercano, deseando poder llegar antes de que las capturasen, pero los vigilantes eran más rápidos y acabarían por atraparlas. Cuando ya estaban a punto de pillarlas, apareció una patrulla de policía, lo que obligó a huir a los vigilantes.

Beeeea y Beeeelinda se acercaron a la patrulla, De ella bajó un policía que se quedó observándolas.

--¿Qué hacéis aquí, sueltas? Vuestro dueño va a tener que pagar una multa muy gorda.

Hicieron venir a una furgoneta, las subieron en ella, y las condujeron a la granja. El granjero pagó gustoso la multa.

Beeeea y Beeeelinda por fin pudieron descansar en su casa. Su historia las convirtieron en las ovejas más famosas de toda la granja.

Se volvieron un poco más responsables (sólo un poco). Crecieron, tuvieron su propia descendencia, a la que le contaron su historia. Pero, naturalmente, por mucho miedo que diese el relato, las criaturas, cuando jugaban, intentaban alejarse más de la cuenta, hasta que el grito del cuidador de turno las hacía regresar.

3 comentarios:

Alástor dijo...

La granja de ovejas para contar es una idea genial... y que tengan que saltar una cerca...
Voy a seguir leyendo a ver qué más encuentro.
Si te animas, pásate por el mío a ver qué te parece
bombonesdebutano.blogspot.com

Un saludo...

Yessitha dijo...

bueno, entre ovejas y los que tienen complejo de ovejas no hay mucho que hacer :P yo mientras sigo probando a ver si puedo subir comentarios

Tuko dijo...

Hola Eingel.Muy buen relato asi sigue asi.Un abrazo