viernes, 25 de mayo de 2007

Rutina

rutina.
(Del fr. routine, de route, ruta).
1. f. Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas.
2. f. Inform. Secuencia invariable de instrucciones que forma parte de un programa y se puede utilizar repetidamente.
(Real Academia de la Lengua)


Cuando los días son básicamente iguales uno a otro. Cuando las diferencias son mínimas, cuando haces las mismas cosas día tras día, parece que desde siempre y hasta el fin de los tiempos, decimos que estamos inmersos en la rutina, que somos rutinarios.

Y yo me pregunto, ¿es bueno o malo? Veamos:

Llega un momento en nuestra existencia que dejamos de hacer locuras (o acabamos haciendo siempre las mismas locuras), sentamos la cabeza porque ya pesa demasiado, y parece que hacemos siempre lo mismo. Comer, dormir y trabajar. Y poquito más.

A eso se le llama madurar. La supervivencia de la especie se produce cuando un porcentaje relevante de los individuos cumple con su función. Y las funciones apenas han cambiado en los últimos diez mil años, sólo ha cambiado el modo de realizarlas.

En nuestra sociedad, somos autómatas que realizamos la mayoría de las funciones sin necesidad de pensar en ellas, porque ya las hicimos ayer, y las haremos mañana.

Esta clase de rutina no es mala. Al menos si nos acoplamos lo suficiente a ella. Nunca vamos a estar contentos al cien por cien, pero si a un beneficioso cincuenta, sesenta por ciento.

Si no podemos con nuestra rutina, hay que plantearse el cambiarla. No "salir de la rutina", como suele decirse, sino cambiarla por otra. Porque si cambiamos de pareja, de trabajo, de casa, estaremos cambiando nuestra rutina por otra. Y el tiempo nos dirá si el cambio ha sido bueno o no. Aunque cambiar de vez en cuando es beneficioso para nuestra salud mental.

Pocos cambian su rutina, porque les da miedo. Y el miedo es bueno, siempre que no bloquee tus músculos.

Y echaremos en falta la rutina cuando pase algo que la trastoque. Un accidente, una enfermedad, cualquier cosa que llegue de improviso y no nos guste, nos hará añorar esa bendita rutina...

Todos queremos que cambie nuestra rutina, pero tememos el cambio, y queremos que si se produce, haya sido por decisión nuestra, no por las circunstancias (aunque echarle la culpa al destino siempre viene bien, oiga usted)

martes, 22 de mayo de 2007

Derechos como un cigarrillo

Según una encuesta del Eurobarómetro publicada hoy, con motivo del Día Mundial sin tabaco que se celebrará la próxima semana, los fumadores respetables son los que menos respetan a los no fumadores. Y eso incluye actos como fumar junto a niños o mujeres embarazadas, y lugares sin escapatoria como dentro del coche.

Yo no fumo, pero entiendo que el tabaco crea adicción, y hay gente que puede tener problemas por pasar tiempo sin fumar. Si estoy en un lugar donde fumar está permitido, no suelo tener problemas (aunque hay veces que es especialmente molesto). Si me piden permiso para fumar, lo suelo dar. Siempre que me respeten, intento ser tolerante. No siempre lo consigo, como todos, pero vamos. Pero entiendo que en esos lugares tienen derecho a fumar.

El problema viene cuando estamos en un lugar donde no se puede fumar. Centros públicos, comercios, lugares de trabajo... en muchos de esos lugares, la gente sigue fumando. Sin pedir permiso, sin observar las normas, sin preocuparse de los demás. Lo hacen porque consideran que la ley no les puede quitar el derecho a fumar, y porque si fuman, es su problema, no de los demás.

Pero el tabaco afecta no sólo al que fuma, sino a todo su entorno. Y los derechos existen mientras no choquen con los derechos de otras personas, y entonces hay que decidir qué prevalece.

El derecho a la salud de los no fumadores prevalece sobre la libertad de fumar.

En mi centro de trabajo se fuma. Todo el que quiere. Disimulando o sin disimular. Si yo me acerco a alguien que está fumando y le digo que apague el cigarrillo, porque está prohibido y me está molestando, soy un intolerante. No puedo marcharme, porque el trabajo es obligatorio. Si me pongo insistente, lo más fácil es que acabe vapuleado (me han lelgado a amenazar). Se lo digo al jefe, y me contesta que no puede hacer nada mientras no lo vea él mismo (y como nunca lo va a ver...). Informo al comité de empresa, y me contestan que no pueden hacer de policías de sus propios compañeros, como mucho podrían denunciar a la empresa si saben que el jefe los ha visto y no hacen nada (a ver cómo demuestro eso).

¿Qué puedo hacer? Estoy en mi derecho, pero no puedo hacer nada. Porque en este país nadie se preocupa, nos da igual lo que le pueda pasar a nuestro compañero.

Y luego nos quejamos porque los demás son unos intolerantes que no hacen lo que queremos.


viernes, 11 de mayo de 2007

Formas, espíritu deportivo y otras antigüallas

Que sí, que ya lo sé, que estoy más caducado que el yogur de Pedro Picapiedra, pero sigo pensando que la humanidad puede demostrar algo más.

Situación 1: Necesitamos algo de un compañero, y le decimos "hazme esto". Vamos a la panadería y decimos "dame dos barras de pan". Necesitamos que nos lleven, y llamamos a quien sea y le decimos "ven a buscarme". Todo correcto, verdad?


Pues a mi me parece que no. Porque ni el compañero, ni el panadero ni el que nos hace el favor de llevarnos de un sitio a otro son nuestros esclavos, ni siquiera trabajan para nosotros. Son personas como nosotros, que merecen un respeto.

Vale, si, el panadero está para vendernos el pan. Pero no para que lo tratemos como a un esclavo, o para aguantarnos.

Lo mismo ocurre cuando vamos a un restaurante. Llegamos tarde, damos mal, nos vamos cuando ya hace mucho tendrían que haberse ido todos, y encima tratamos como basura a los camareros, no tenemos cuidado con nada, rompemos dos vasos y no dejamos propina. Porque una persona que trabaja para que nosotros podamos disfrutar de nuestro tiempo libre es un pringado sin ningún valor.

Con un poco de respeto, manteniendo las formas, la buena educación y sobre todo, sabiendo que el que nos sirve es una persona que no tiene por qué aguantarnos, todo TODO iría mucho mejor.


Situación 2: Me gusta el fútbol. Soy un forofo. Mi equipo pierde y juega mal, pero estoy contento porque el equipo rival ha perdido también.


Muchos somos aficionados al deporte, en este pais, sobre todo, al fútbol. Todos somos conscientes que el deporte profesional dista mucho de ser un ejemplo a seguir por la juventud: el dinero prima sobre la afición, los resultados son más importantes que el juego bonito Las declaraciones de los dirigentes son para exaltar al público, no para fomentar la convivencia. Lo sabemos, y con eso creemos estar por encima de todo eso.

Pero no. Nosotros también hablamos de millones y de derechos de televisión. Preferimos una victoria de penalti injusto en el último segundo y después de un pésimo partido, que un empate saliendo contentos del juego de nuestro equipo. Insultamos a los jugadores del equipo contrario, no somos racistas, pero usamos el color de la piel para meternos con el rival. Nos burlamos de nuestros amigos y compañeros cuando su equipo ha perdido.

Pero.. el fútbol está hecho para disfrutar, no para sufrir.

A mi también me gusta el fútbol. Soy seguidor de mi equipo. Veo los partidos todas las semanas (eso sí, es más una excusa para quedar que el motivo principal, al menos por mi parte). Me alegro cuando ganamos, me entristezco cuando perdemos, Prefiero un empate con buen juego que una victoria penosa.

Hace un año, mi equipo perdió la final de goleada. Aun así, no acabé con mal sabor de boca, porque tampoco habiamos jugado tan mal, y para perder una final hay que jugarla. Lo que me dolió fueron las burlas, no por su existencia, que es normal, sino porque mi idea siempre ha sido que hay que celebrar la propia victoria, no la derrota del rival.

Por eso los amigos y compañeros que están hoy tristes porque su equipo ha perdido, han recibido y recibirán burlas, pero ninguna por mi parte. Porque nosotros no hemos ganado nada, ni hemos jugado bien, ni siquiera hemos jugado

(claro, luego soy un blando, un tonto y un anticuado...)