jueves, 23 de diciembre de 2010

El cuadro

Como cada mañana, llegaba, colocaba su pequeño taburete, y el caballete con lo que esperaba llegará a ser su obra maestra. Observa el entorno, cierra los ojos, y respira.

El cielo no sería necesario pintarlo, pero ha decidido pintar un atardecer, unas cuantas nubes de un azul muy oscuro quedarán muy bien... a la izquierda, la colina, con un bosquecillo de pinos en la ladera norte, y un riachuelo, pequeño pero alegre, fluyendo. Ese riachuelo es caprichoso y no coge el camino más corto hasta llegar al mar... se aleja hacia el horizonte.

Mezclando colores, buscando la perspectiva, las sombras... el paisaje es hermoso.

En lo alto de la colina... un faro. No, no es extraño, apenas cincuenta metros de distancia está el mar, y ese es el mejor sitio para colocarlo. Aunque ahora está apagado, en el cuadro el sol está besando el horizonte, y ya es necesaria la luz para guiar el camino de agua.

Gaviotas revoloteando... algunas figuras que se dirigen a la playa, tres o cuatro detalles más, y su obra estará terminada. Pero eso será mañana.

Recoge sus bártulos, carga con ellos, y antes de alejarse saluda al señor Juan, que lleva varios dias admirando su obra con curiosidad.

Y el señor Juan le da las buenas tardes, y observa cómo la extraña mujer se aleja, y pensando que está loca, que es absurdo venir al vertedero a pintar un faro.