jueves, 23 de diciembre de 2010

El cuadro

Como cada mañana, llegaba, colocaba su pequeño taburete, y el caballete con lo que esperaba llegará a ser su obra maestra. Observa el entorno, cierra los ojos, y respira.

El cielo no sería necesario pintarlo, pero ha decidido pintar un atardecer, unas cuantas nubes de un azul muy oscuro quedarán muy bien... a la izquierda, la colina, con un bosquecillo de pinos en la ladera norte, y un riachuelo, pequeño pero alegre, fluyendo. Ese riachuelo es caprichoso y no coge el camino más corto hasta llegar al mar... se aleja hacia el horizonte.

Mezclando colores, buscando la perspectiva, las sombras... el paisaje es hermoso.

En lo alto de la colina... un faro. No, no es extraño, a escasos cincuenta metros de distancia está el mar, y ese es el mejor sitio para colocarlo. Aunque ahora está apagado, en el cuadro el sol está besando el horizonte, y ya es necesaria la luz para guiar el camino de agua.

Gaviotas revoloteando... algunas figuras que se dirigen a la playa, tres o cuatro detalles más, y su obra estará terminada. Pero eso será mañana.

Recoge sus bártulos, carga con ellos, y antes de alejarse saluda al señor Juan, que lleva varios dias admirando su obra con curiosidad.

Y el señor Juan le da las buenas tardes, y observa cómo la extraña mujer se aleja, y pensando que está loca, que es absurdo venir al vertedero a pintar un faro.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El enviado (Secretos II: de Estado)

Supongo que muchos de los que me conocéis ya sospechabais algo, aunque resultaba más fácil tacharme de raro. Si no dije nada antes, fue porque había prometido guardar el secreto. Pero mi marcha está próxima, y ya nada importa.

No nací en este planeta.

Fue como en las películas de ciencia ficción. Llegué hace diez años en una nave espacial, con la intención de establecer relaciones con los representantes de este planeta. Creía que la tarea no sería demasiado complicada, en mis investigaciones había visto que aunque no habíais entablado ningún contacto todavía, llevabais tiempo especulando sobre la posibilidad.

Pero no fue así. Nada más aterrizar intenté establecer contacto con las primeras personas que encontré, pero huyeron despavoridos. Durante las horas siguientes hice nuevos esfuerzos que resultaron vanos, parecía que se habían vuelto todos locos.

Poco más tarde llegó el ejército y me capturaron. Me interrogaron como a un delincuente, querían saber quién era, de dónde había venido y qué había venido a hacer. Les dije que quería ver a sus representantes para establecer relaciones. Creí que sería suficiente para que iniciaran las gestiones necesarias, pero no fue así.

Durante meses estuve confinado en un barracón de una base militar. Me hicieron mil pruebas, me pusieron mil veces al borde la muerte. Querían saberlo todo sobre mi organismo, pero no querían que yo mismo se lo explicase.

Por fin, tras casi un año encerrado, me llevaron ante un alto cargo del Gobierno. Creo que aún dudaban de mis auténticas intenciones, porque seguían estando muy a la defensiva. Tardé mucho en conseguir que me prestaran algo de atención.

Una vez que vieron que podían sacar mucho beneficio con la relación, empezaron a tratarme con el respeto que yo siempre les había prodigado. Empezamos las negociaciones. Y pronto llegó el obstáculo insalvable.

La relación no podía ser sólo entre dirigentes, tenía que ser completa. Todos los habitantes de ambos planetas tenían que ser conscientes y beneficiarse del intercambio.

No alcanzo a saber el motivo, pero para ellos era imprescindible mantener la relación en secreto. Nadie debía saber que había gente de otros mundos tan cerca. Puede que fuera por temor a perder su control sobre la gente, o quizás pensasen que no estabais preparados para aceptar que no sois el centro del universo. El caso es que mi presencia debía ser un secreto de Estado.

Viendo que era imposible, acepté quedarme en el planeta para poder estudiarlo, con la condición de ocultar mi auténtico origen.

Y así he estado los últimos siete años. Queriendo deciros quién soy, pero teniendo que mentir para mantener mi promesa.

Estoy cansado de tanta mentira. He decidido volver a casa. Pero antes de hacerlo, he querido acabar con este gran secreto, porque hasta que no seáis capaces de aceptar vuestro lugar en este universo, no podréis progresar como especie.

Aunque sinceramente, no creo que sirva para nada. Os conformáis con vuestra limitada visión, y no queréis descubrir todo lo maravilloso que hay ahí fuera.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Alphabet Town: El rey V

Hace muchos, muchos años, en un paraje no muy lejos de aquí, había un lugar llamado Alphabet Town. Era un lugar de gente humilde, hospitalaria y muy sencilla. Tan sencilla, que como nombre usaban una sola letra.

Este país lo gobernaba un rey, el gran rey V. Tenía una nutrida corte, que tenían acceso directo al monarca para expresar sus ideas. El rey se jactaba de permitir que todos hablaran con total libertad, sin temor, fueran cuales fueran sus ideas.

Pero, ¡ay!, eso era lo que creía el pueblo. Los cortesanos sabían que sí, podían hablar, pero si las ideas que expresaban no coincidían plenamente con el pensamiento Real, jamás serían tenidas en cuenta, en el mejor de los casos. Porque en el peor, podía ocurrir lo que le pasó a L hacía ya tiempo.

Es cierto que las ideas de L eran opuestas a las del Rey V. También es cierto que expresaba sus ideas de un modo vehemente. Pero las expresaba con el convencimiento de que hacía lo que debía. Pero el Rey consideró que sus palabras suponían una traición y lo mandó decapitar.

Nada volvió a ser igual tras ese incidente. Los que tenían ideas similares al monarca no notaron ningún cambio, salvo quizás que las reuniones del Consejo eran más aburridas. En cambio, los que mantenían una visión distinta al Rey empezaron a vigilar mucho más sus palabras, e incluso comenzaron a callar, por miedo y por la inutilidad de sus comentarios.

Un mal día, el rey V ordenó empezar una guerra contra el reino colindante, porque decía que estaban preparando la invasión del reino. N, que hacía tiempo que no decía nada porque el rey pensaba que siempre estaba en un error, protestó, porque, habiendo nacido allí, conocía a los habitantes de ese reino, y sabía que esa supuesta invasión era inventada.

El rey creyó ver en esa disidencia una prueba de traición. A, otro disidente ante los ojos reales, le hizo ver que se equivocaba, que los informes de los espías no decían nada de invasiones. El rey tampoco le creyó.

Entonces llegó M a pedirle al rey que reflexionara. M era una persona muy cercana al monarca, siempre había estado a su lado. Se lo dijo creyendo que su amistad y sus años de servicio ayudarían a evitar el desastre. El rey V, lejos de reflexionar, tomó la declaración como una afrenta personal, una puñalada. Por ello la defenestró.

Ese fue el principio del fin. Otros consejeros, tradicionalmente cercanos al monarca, le pidieron a su Majestad que reconsiderase su postura, y sobre todo, que no podía apartar de su lado a quien siempre le había sido fiel.

El rey no escuchó razones. Cada llamada a la reflexión la veía como una afrenta, cada crítica como un intento de golpe de estado.

El rey se volvió loco. Algunos disidentes optaron por abandonar el reino, V desterró a otros. Sólo se quedaron aquellos que durante la discusión optaron por el silencio, y muy pocos más. Algunos se marcharon con profunda desazón, otros sabiendo que esto pasaría algún día.

El rey, sólo, dolido por la actitud de los traidores y seguido sólo por sus aduladores, continuó la guerra por su cuenta.

Y éste fue el final de Alphabet Town

domingo, 17 de octubre de 2010

Mentira (Secretos I: de familia)

Me lo soltó un compañero de clase en medio de una discusión. Yo contesté que mentía y le pegué un puñetazo. Tuve que pasar la vergüenza de ver cómo mi madre se metía en el despacho del director, para salir media hora más tarde con cara de muy pocos amigos.

En el coche, a las preguntas del por qué de mis actos, le dije a mi madre que Alberto había dicho que el abuelo había mandado matar a mucha gente durante la guerra, que le había pegado porque era mentira.

Al ver que mi madre no decía nada, y perdía la mirada en el infinito, empecé a sospechar. No dije nada más.

Por la noche, aproveché el tiempo que me dejaban conectarme para hacer los deberes para buscar información. No me lo podía creer. Si lo que ponía en la Wikipedia era cierto… mi abuelo había sido pieza fundamental durante la guerra y los años posteriores.

Entonces ya tenía quince años, y sabía que nadie es el bueno en la guerra. Que mucha gente hizo, por obligación o por propia voluntad, cosas de las que no se puede estar orgulloso. También entendía que con seis o siete años son cosas difíciles de aceptar, pero a mi edad… no entendía por qué no me lo habían contado todavía.

En ese momento quería conocer toda la historia, y sólo podía contármela el protagonista. Así que fui a la residencia donde vivía y me senté a escuchar la historia de sus propios labios:

“Un año antes de la Guerra, conocí al General en una fiesta de oficiales. Yo era un joven teniente cuyo único objetivo era ascender, y él un coronel prometedor. Nos hicimos buenos amigos. Cuando se produjo la sublevación, el General me llamó y me unió a su equipo. Fui ascendido de un modo fulminante, y me dieron un puesto de responsabilidad: presidir el tribunal militar que juzgaría a los detenidos del bando contrario. No estoy orgulloso de lo que hice. Entonces no era importante. Simplemente, era mi trabajo”

Ese día entendí algo más sobre la guerra y los que la hacen. No le dije a mis padres que sabía la historia, y a día de hoy aún no me han dicho nada.

martes, 29 de junio de 2010

El Chino y sus rarezas

(Extraído de Método, autobiografía de Marcos Val)


Todas las cosas que he visto en mis treinta años de profesión, todas las anécdotas que atesoro, tanto las que cuento en este libro como las que se quedarán en el tintero, toda la gente buena, mala, regular o extraña que he conocido no son nada comparadas con Alberto Sánchez, al que todo el mundo conocía como El Chino.

Alberto nunca tuvo buenas críticas. Los que “entendían” de teatro, decían que su interpretación resultaba extraña, se perdía en detalles que deslucían la obra. No eran capaces de ver que precisamente esos detalles le hacían único.

Eso sí, su fama de bicho raro era bien merecida. En sus escasos años como celebridad, raro era el día que no venía alguien preguntando si sabíamos la última del Chino. Las burlas y chascarrillos sobre sus fechorías iban desde la más sucia de las tabernas hasta el mismísimo Ministerio de Cultura. Eran lindezas que no le dejaban bien parado, y, por supuesto, casi todas eran falsas, pura leyenda. Era el personaje ideal para los chistes de la época.

Los que compartimos tablas con él conocíamos las auténticas rarezas de Alberto, que no eran pocas. Su forma de actuar a veces lo convertía en un compañero incómodo, pero a pesar de todo le teníamos en gran estima. Por eso evitábamos alimentar las burlas con nuevas historias.

Recuerdo especialmente una noche en el teatro de Salamanca. Alberto y yo representábamos Los Desposeídos, en la que éramos los únicos intérpretes.

El argumento era sencillo. Interpretábamos a dos amigos que habían abierto juntos un negocio. Pero el negoció acabó siendo ruinoso, y los personajes lo perdían absolutamente todo: dinero, posesiones incluso sus esposas. La acción transcurría en la oficina del negocio, el día anterior a ser embargado. Allí, ambos personajes hablan, se sinceran y se echan los problemas a la cara mientras se beben una botella de tequila, aumentando visiblemente su borrachera durante la obra.

Obviamente lo que había en la botella no era tequila. Lo que había en esa botella de Cuervo era simplemente té.

Esa noche inicié mi actuación como siempre. Se abre el telón con Alberto sentado en medio del escenario, mientras se sirve el primer vaso de tequila. Yo entro por la izquierda gritando, enfadado y desesperado. Alberto se levanta, me mira fijamente, y cuando por fin me callo, llena otro vaso y me lo da. Me bebo el chupito de un solo trago y carraspeo al pasar por mi garganta el alcohol puro.

Pero esa noche la tos no fue fingida. Casi me atraganto al percatarme que aquello no era té, sino auténtico tequila.

Le miré sorprendido, preguntándole con la mirada qué coño estaba haciendo. Su respuesta fue beber su tequila de un solo trago también… y continuar con sus frases.

Estaba sorprendido, no sabía por qué lo estaba haciendo, ni qué podía hacer yo. Así que hice lo único que podía en ese momento: continuar con la representación y beber de mi vaso cuando tocaba.

Al tercer chupito empezábamos a alargar las palabras, a media representación ya estaba mareado, y sinceramente no sé muy bien cómo logré terminar mi papel aquella noche. Aunque supongo que el resultado no fue tan malo, porque recuerdo que estábamos los dos delante del telón, aguantando el equilibrio como podíamos mientras la gente aplaudía como loca.

Las críticas dijeron que había sido una buena obra, que mi interpretación de borracho fue perfecta, pero la de Alberto dejaba que desear.

Y con eso se demostró que los críticos no tenían ni idea, porque aquella noche nadie podía hacer de borrachos mejor que nosotros.

Cuando me enteré de la muerte del Chino, supe que jamás volvería a hacer una interpretación tan realista como aquella.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La puerta verde

No sé de dónde vengo, ni cuánto tiempo llevo aquí. Y realmente, tampoco me importa. Simplemente, un día desperté en este lugar.

Es un bosque poco frondoso, muy luminoso, de colores muy vivos, donde los pájaros cantan alegremente y las ardillas juegan con la despreocupación que da la ausencia de alimañas. Bajando una ligera cuesta, hay un pequeño arroyo. El tiempo es siempre agradable, sol, lluvia suave, ligera brisa. Por las noches se pueden ver la luna y las estrellas.

Hermoso lugar, ciertamente.

Aquí no hay preocupaciones ni obligaciones. Mis días transcurren entre paseos, juegos y siestas. No tengo que preocuparme por la comida o la bebida. Si me apetece, me siento a la orilla del arroyo para meditar, o simplemente dejar pasar el tiempo.

No tengo preocupaciones, no necesito nada más de lo que dispongo. Podría decirse que soy feliz.

O al menos lo era hasta que aquella voz me despertó de mi sueño hace unos días. Sonó como si viniera de todas partes a la vez, una voz omnipresente que retumbaba en mis oídos, como si fuera de un dios, dándome una orden de un modo suave, pero firme:

“Regresa”

¿Regresar? ¿A dónde? Que yo recuerde, siempre he vivido aquí. No conozco otro lugar, y aunque lo conociera, dudo mucho que quisiera ir.

Desde entonces, escucho la voz regularmente. Pidiéndome que regrese. Urgiéndome a tomar el camino de vuelta… hacia un lugar que no sé dónde está, ni siquiera sé si existe. Pero si no le hago caso, la voz no me dejará en paz, y la paz y la tranquilidad no regresarán.

Por tanto, muy a mi pesar, he de partir, abandonar estos hermosos parajes, y viajar a un lugar desconocido.



* * * * *


Llevo varias horas caminando, sin rumbo fijo. El camino no importa, ya que no sé dónde voy. Este bosque es más grande de lo que pensaba, estoy recorriendo zonas que jamás había visto. La verdad es que estoy un poco asustado.

Después de dar vueltas durante varias horas, me detengo, exhausto. Ha anochecido y apenas se ve. El bosque aquí es más frondoso, el silencio es palpable, y desde aquí no se ve el cielo. Mejor descanso aquí o puedo tropezar y herirme gravemente.

Aunque estoy muy cansado, apenas puedo dormir. Las horas pasan lentamente, casi puedo ver la separación entre un segundo y el siguiente. Y después de lo que me han parecido meses… por fin amanece.

Miro a mi alrededor. Esta zona del bosque no es tan hermosa como el lugar que solía recorrer. Los árboles son más viejos, retorcidos, lúgubres. No se escucha ni un solo pájaro… el silencio es total.

A mi derecha parece que el bosque empieza a clarear. Me dirijo hacia allí, con la esperanza de haber encontrado el límite del bosque. Tras unos minutos de caminata, compruebo que efectivamente es así.

Ya estoy fuera del bosque. Ante mí hay una colina, y en ella… una puerta de color verde.

¿Qué hace una puerta en medio de una colina? ¿Qué habrá tras esa puerta verde?

¿Esa puerta es el final del camino?

Seguramente si… pero no quiero cruzar. Sé que si voy al otro lado, todo cambiará, y dudo que lo que encuentre allí me guste realmente.

“Ve a la puerta”. La voz vuelve a retumbar por doquier. Mientras caminaba, había dejado de molestarme, pero ahora que me he detenido… me urge de nuevo.

“No quiero”, me decido a contestarle.

“Ve a la puerta”. “Ábrela”. “Crúzala”

Comprendo que aunque no quiera, aunque me niegue, aunque grite y proteste, la voz no me dejará tranquilo, así que mejor no me rebelo. Con paso cansino, subo lentamente la colina, hasta llegar a la puerta.

Ya estoy delante de la puerta. Es una puerta de madera, sencilla, pintada con un color verde brillante. Nada se escucha al otro lado, no tengo ninguna pista sobre lo que encontraré al abrirla. Pongo la mano en el picaporte, y me detengo.

“Abre la puerta”. Un poco más. “Abre la puerta”. Espera. “Abre la puerta”…

Me decido, giro el picaporte…

Ante mí hay una habitación blanca, de tres por cuatro metros. Completamente acolchada. Enfrente una puerta cerrada. No me gusta. Me giro para deshacer mis pasos… y la puerta verde ha desaparecido, ha sido sustituida por la misma pared acolchada. Agotado y deprimido, me dejo caer al suelo.


* * * * *


Ha pasado un año desde aquel día. El doctor dice que ya estoy muy recuperado, y que pronto podré abandonar el psiquiátrico y salir al mundo exterior, para llevar una vida relativamente normal.

Estoy ansioso por salir, para ver la luz del sol, poder pasear por las calles de la ciudad… y buscar una puerta verde que me lleve de vuelta a mi amado bosque.

martes, 9 de marzo de 2010

El juicio

Este día tenía que llegar. Incluso creo que ha tardado demasiado.

Lo que sí me sorprende es que sea yo quien tiene que subir al estrado. Los demás, veletas sin criterio, paladines de lo políticamente correcto, en lugar de defender lo suyo han decidido levantar también el dedo acusador. A pesar de asegurarme que creían en lo que hacía, de prometerme su apoyo incondicional, a la hora de la verdad han agachado la cabeza y han callado.

Quizás era de esperar. A fin de cuentas, nadie ha osado nunca enfrentarse a la Inquisición.

Los testigos llevan toda la mañana subiendo al estrado, uno tras otro. Todos dicen prácticamente lo mismo. Me acusan de prometerles amor y felicidad sin poderlo cumplir. Me acusan de hundirles en la melancolía, o de transportarles a mundos de fantasía. Me acusan de herejía.

Ha llegado el momento. La acusación grita mi nombre. Me levanto lentamente y recorro la sala, notando todas las miradas clavándose en mí, escuchando los cuchicheos del vulgo. Me siento en la silla. El fiscal se acerca y me clava su mirada, intentando intimidarme. Empieza:

--Dígame su nombre y profesión.

--Me llaman Eingel. Y soy un trovador.

--Así que lo reconoce usted.

Suspiro.

--Naturalmente. Siempre he sido trovador, y lo seré hasta el mismo día de mi muerte.

--¿Puede contarnos qué pasó el sábado 29 de mayo en la plaza del Ayuntamiento?

--No hay mucho que contar. Llegué a media mañana, escogí un lugar que me parecía idóneo. Coloqué allí mi taburete. Me senté, saqué mi laúd y empecé a cantar.

Rumores por toda la sala. Dicen que soy malvado, un hereje. Que no merezco vivir.

El fiscal sonríe. Se sabe ganador.

--¿Sabe usted que está totalmente prohibida la música, que es herejía? --Asentí. El fiscal insistió:--Dígalo en voz alta.

--Si. Lo sabía.

--¿Entonces por qué lo hizo?

Suspiro. Me lo juego todo a una carta.

--La música es hermosa. Es buena, no mala. Nos alegra el corazón, expresa nuestras emociones. Nos hace pensar en la vida, en el amor, en lo bueno y en lo malo de este mundo. Nos da vida. Saca fuera lo que llevamos dentro. Nos permite viajar, nos hace humanos.

Silencio en la sala. Parece que no está todo perdido.

--No hay más preguntas. Puede levantarse.

Me levanto, confiado, exultante. Mientras me dirijo al banquillo, el fiscal comienza a hablar:

--Señor Juez, el alegato que acaba de escuchar por parte del acusado, son palabras del mismísimo Diablo, que usa esas hermosas palabras para tentarnos, y dejarnos embaucar. Y así utilizará su música para atrapar nuestras almas, y llevarlas al Infierno, donde arderán por toda la eternidad. Solicito sea condenado a la hoguera.

--Así será –espeta el juez--. Lo condeno a morir en la hoguera.

Y con un golpe de martillo, sella mi destino. Eso sí, cumpliré mi promesa y moriré como un trovador, aunque sea en un mundo sin música.