domingo, 18 de enero de 2009

Algo más

Había ido a la universidad. Había estudiado lo que quería, y le gustaba mucho. Al salir, trabajó en lo que había estudiado. Y le gustaba su trabajo. Hacía lo que deseaba. Pero necesitaba algo más.

Ascendió en su trabajo, llegó a tener un puesto importante, un buen sueldo, y un gran coche. Había llegado a donde quería llegar. Pero necesitaba algo más.

Decidió recorrer el mundo, conocer culturas nuevas, nuevas gentes. Subió montañas, recorrió desiertos, recorrió el fondo del mar. Había visto lo que quería ver. Pero necesitaba algo más.

Estudió filosofía, arte, idiomas. Buscó el porqué de todas las cosas, y el sentido de la vida. Escribió un libro, pintó un cuadro y plantó un árbol. Había aprendido lo que quería aprender. Pero necesitaba algo más.

Conoció a la mujer de su vida. Era hermosa, divertida, inteligente. Tuvieron dias románticos, noches de pasión y una amistad nunca lograda antes. Había amado a quien quería amar. Pero necesitaba algo más.

Entonces cogió la pequeña mano que parecía querer agarrar el aire, se la llevó a la boca, la besó dulcemente, y dijo...

--Bienvenida al mundo, hija mía.

Y ya no necesitó nada más

lunes, 12 de enero de 2009

La suma de mis días

Cuando nacemos, somos un libro en blanco. La vida será la pluma que llenará nuestras páginas con nuestra historia, la historia de nuestra vida.

Yo soy la suma de mis días. Mi vida pasada, mis experiencias y lo que he aprendido de ellas marcan mi personalidad y mi visión de las cosas. Y por eso somos únicos: porque aunque muchos de tus días puedan ser similares o iguales a los míos, otros muchos son completamente distintos. Vida distinta, personas distintas. Así de simple.

Ese proceso se llama crecer, desarrollarse. Madurar. Forjar el alma. Es un proceso que ha de durar toda la vida, porque jamás tenemos que dejar de desarrollarnos. Llegar a la “madurez”, o sea, superar la adolescencia, no es haber terminado el camino. Si así fuera, no merecería la pena seguir viviendo, y por fortuna, la vida todavía nos depara todavía muchas sorpresas.

¿Es bueno madurar? Alguna vez he hablado de Peter Pan, y cómo cada vez hay más gente que no quiere crecer. No quiere responsabilizarse, quiere extender la adolescencia hasta la vejez. Pero no crecer es no aprender de la vida, es no desarrollarse como persona, y, en definitiva, quedarse estancado. Yo era uno de esos, hasta que descubrí que me equivocaba, que lo que necesitaba es crecer y crecer sin parar.

Sin parar, sin detenerse. Porque el día que dejes de crecer, de madurar, el día que la vida deje de alimentar tu alma, el día que tus días dejen de darte lecciones, empezarás a pudrirte.

Y no hay que olvidar que se puede crecer sin perder esa parte infantil que todos tenemos. Esconderla es escondernos a nosotros mismos, cubrirnos con una máscara, esa máscara que a veces parece tan necesaria, y que no nos protege: nos aisla.

Y también se puede madurar sin traicionar tus ideas. Es absurdo tener una ideología inamovible, nuestras ideas crecen y maduran con nosotros. Se adaptan a nuestra vida, y con esos cambios, pueden seguir siendo válidas, siempre que seamos sinceros con nosotros mismos.

viernes, 2 de enero de 2009

Trece horas y media

Días extraños son los del cambio de año. Desde que amanece el último día del año, tengo la sensación de vivir fuera del tiempo.

Como si el treinta y uno de diciembre ya no perteneciera al año que se va. Y como el año nuevo no ha entrado aún, parece que es un día sin año.

Quizás sea por eso por lo que nos da por plantearnos tantas cosas ese día: la magia atemporal nos brinda una jornada ideal tanto para pensar en el pasado como para plantearnos el futuro. Y es el culpable de nuestros balances y nuestras listas de propósitos.

Claro que sólo es una sensación. Aunque parezca que el tiempo se ha detenido, sigue avanzando. Es un día más: amanece, hay un mediodía y el sol (se vea o no) va cayendo hasta que el ocaso nos lleva a la noche, la cena de nochevieja y la medianoche.

A las doce de la noche las campanadas oficializan el cambio de año, Muchos vuelven a la tierra, ponen su reloj interno de nuevo en hora, parece que el mundo vuelve a funcionar y el continuo espacio-temporal estará a salvo de la autodestrucción al menos trescientos sesenta y cuatro días… pero no.

Para mí, las primeras horas del año nuevo son como las últimas del viejo. El mundo sigue atemporal, el corazón sigue latiendo a un ritmo distinto, como desentonando con el reloj.
Me meto en la fiesta, algo distante, porque parece que estoy en una burbuja. Después de algunas horas, me voy para mi casa y me voy a dormir.

Siempre me levanto temprano, El primero de enero, algo más tarde, pero no demasiado. Persiste la sensación que me embarga desde hace veinticuatro horas, incluso se amplifica un poco. Casi a cámara lenta, hago las primeras tareas del año, y a las once de la mañana me siento delante de la tele para ver, como es tradición en mi, el concierto de Año Nuevo.

Desde hace unos años me pierdo unos minutos, aproximadamente veinte minutos después del intermedio. Es el tiempo que tardo en llegar donde voy a comer. Cuando llego, enciendo el televisor, y veo el final del concierto.

El Danubio Azul y las palmas de la Marcha Radetzky ponen las cosas en su sitio, y, por fin, el tiempo vuelve a funcionar. Han pasado un poco más de trece horas y media del nuevo año.