jueves, 29 de noviembre de 2007

Cansado...

Tengo treinta y cuatro años.

Apenas he tenido momentos cumbres en mi vida. Pocos éxitos que poner en el haber de mi balance personal. Pocas celebraciones aparte de las que suceden periódicamente.

No sé si lo habré conseguido, pero cuando me han necesitado, cuando han requerido mi presencia, cuando han tenido un motivo para brindar, he procurado estar ahi, ayudando, apoyando. Incluso sin motivo, cuando han querido salir a tomar algo, o necesitaban charlar, he procurado estar ahi

Quizás lo haya logrado o quizás no.

Pero claro, si soy yo el que necesita la compañía, el que necesita apoyo, o ver a los demás a mi lado... nadie puede. Da igual que me sienta triste, o me halle en el momento cumbre de mi vida.

Porque los que mueven cielo y tierra para organizar cualquier cosa que les interese... no pueden hacer un hueco.

Estoy cansado, cansado de estar para que no estén, cansado de que se acuerden de uno sólo cuando lo necesitan, y cuando no es necesario simplemente dejarlo de lado. Cansado de sentirme utilizado, de sentirme defraudado canda vez que me ilusiono con algo.

Cansado de pasar a visitar y saludar a los que considero cercanos, cuando ellos o no pasan, o no dicen nada.

Cansado de ver que no importa si es muy importante para mi o no. Que sólo son importantes las cosas de los demás.

Y si encima fallas sólo una vez...

lunes, 19 de noviembre de 2007

La penúltima batalla

Otra vez suenan las sirenas.

Intentamos ser ordenados, pero los nervios nos traicionan. Sólo tenemos diez minutos más para llegar a los refugios. Hay que darse prisa.

Diez mil naves de batalla se aproximan, anunciando una nueva oleada de destrucción. Nuestras defensas no son suficientes, tras el último ataque quedaron diezmadas, y los almacenes están vacíos después de tantos años de guerra.

Oigo comentarios que dicen que nuestra flota va a despegar. Pero no para enfrentarse al enemigo, sino para huir. El comandante ha decidido que no merece la pena mandar nuestros acorazados a una segura destrucción, y prefiere mantenerlos para futuros combates.

Observo los rostros de los que están a mi alrededor, mientras entran apresuradamente en el refugio. Son rostros demacrados, deprimidos, desengañados. Saben que esta vez han llegado a tiempo, pero... ¿y la próxima? Quien sabe...

Desmoralizados, sin casi defensas, con unos dirigentes cobardes, y unos aliados que nunca llegan a tiempo para ayudar en la defensa, sólo podemos agazaparnos y esperar el fin del combate, y prepararnos para la siguiente oleada, mientras reconstruimos defensas y enterramos a las víctimas.

Hoy morirán doscientas mil personas. Hace una semana fueron casi un millón. La próxima vez... dependerá si detectamos el ataque con tiempo suficiente. Y ¿para qué?

A veces tengo la sensación que somos peones en un juego maquiavélico, que nuestro Dios decide nuestro futuro sin ser siquiera consciente de nuestra existencia. Que para El no somos seres vivos, y en las batallas no hay muertos. Así que no merece la pena rezar.